MAPAS SONOROS

“Mapas Sonoros” es un proyecto de Cecilia Moreno beneficiado por el Programa de Residencias Artísticas PAOS 2015-A, convocado por el Programa Anual de Open Studios (PAOS), en la colaboración de la Secretara de Cultura de Jalisco y el Instituto Cultural Cabañas.

Con el fin de explorar las posibilidades del espacio, a lo largo de una estancia de 2 meses en el Museo Taller José Clemente Orozco, este proyecto se desarrolló articulando su propio proceso creativo y de investigación fortaleciéndose a partir de las mesas de trabajo, la asesoría de Israel Martínez y Violeta Horcasitas, aperturas de estudio y retroalimentación con otros artistas, curadores y público en general.

“Mapas Sonoros” es un proyecto que tiene como objetivo la investigación y la identificación del oficio textil en la zona metropolitana de la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Cada vez más escasa, la tradición textil agoniza debido a la falta de interés por parte de las nuevas generaciones y la desvalorización comercial del oficio. Lo artesanal, lo hecho a mano, lo detallado pierde terreno cuando compite con la rapidez y la automatización de la máquina. Este proyecto enfatiza en el textil como un acto de resistencia cultural por su naturaleza de historia y tradición que se ha conservado. Resistencia vigente ante la globalización, consumismo, racismo, situaciones políticas y sociales.

“Mapas Sonoros” identifica 3 puntos en Guadalajara, ciudad en donde continúa la tradición textil:

Las Maestras del andador Zaragoza
Los tejedores del barrio de San Andrés
Los sastres del barrio de Santa Teresita



EL TEXTIL COMO IDENTIDAD

En el tejido, cada puntada es una decisión. Aunque se siga un patrón, la capacidad creativa de cada movimiento y la continuidad de una línea permiten estar en control del resultado final.

El uso de filamentos, ya sean hilos o fibras, para generar una pieza se puede rastrear desde el inicio de la humanidad. Tras encontrarse con la necesidad de cubrir sus cuerpos, los humanos experimentaron con los materiales disponibles en el ambiente y comenzaron a torcerlos, trenzarlos, unirlos, de manera continua y repetitiva.

Las técnicas no han cambiado mucho desde sus inicios, aunque los materiales y las tecnologías para transformarlos hayan evolucionado, y a la vuelta de miles de años nos encontramos con una labor, la de la creación textil, que si no es industrializada y mecanizada para abastecer las necesidades básicas, se convierte en un pasatiempo, y en un momento más cercano al día de hoy, en una expresión artística. En cuestión de aproximadamente una década, el tejido ha pasado de ser una labor lúdica a un trabajo que tiene cabida en galerías y museos vinculados al arte contemporáneo, así como espacios públicos en todo el planeta.

Ya lo dijo Madame Defarge, personaje entrañable de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens: el oficio se vuelve útil dónde y cuándo es necesario para alcanzar un cambio revolucionario. En la obra de Dickens, ella usaba sus tejidos para guardar la memoria de aquellos condenados a la guillotina. A manera de símil, los artistas contemporáneos han encontrado en el textil una vía para no sólo plasmar la memoria, sino de reinventar la historia a través de un medio con el que todos tenemos un contacto físico directo en el día a día: la tela.

La elección del trabajo en el telar no es gratuita. Cada paso que se toma para llegar al producto final representa lo más íntimo de nuestra psique: la preparación calculada de la urdimbre está cargada de intención; el montaje de cada hilo independiente y su valor como parte de un todo es el ejemplo de las interrelaciones sociales; el ir y venir de la trama, con repeticiones constantes de ritmo acompasado, son la muestra más clara del paso del tiempo.

Joanne Turney, en su libro The culture of knitting, plantea que el tejido puede ser entendido como una alternativa, no únicamente en el sentido de diferencia, sino de subversión. El arte del textil es un acto de rebelión que desafía las ideologías dominantes y da sentido, que proporciona un medio para transmitir la protesta y el comentario político y social. Y es que cada pieza trae cargando su propia historia, la de las manos que la crearon, la de la memoria colectiva y la vida que hay detrás de cada paño.

Mariana Ampudia, a 26 de agosto de 2015



LAS MAESTRAS DEL ANDADOR ZARAGOZA

Ema Yin, Mary Espinosa, Petra Cabrera y Mary Michel son algunas de las señoras que se reúnen todos los días a partir de las 2 o 3 de la tarde en el andador Zaragoza, se hacen llamar Las Maestras. Ubicado entre la Av. Hidalgo y la calle Morelos. Justo frente a donde actualmente se construye el nuevo mercado Corona, este andador recibe a más de 40 mujeres quienes todos los días ofrecen clases de tejido al público en general. Las Maestras comparten su vasto conocimiento, puntos, recomendaciones, anécdotas, historias, consejos por tan sólo 20 pesos la sesión. La mayoría de las maestras tienen más de 50 años de edad. En los discursos tradicionales propios de sus tiempos se decía que el espacio femenino se limitaba al ámbito doméstico y que el papel principal de toda mujer era el de servir al hombre con el que habría de casarse; sin embargo, estas mujeres decidieron cambiar su autopercepción y la determinación de sus roles para formar parte activa de su crecimiento personal, profesional y económico. Si bien es cierto que la razón principal es la económica, su oficio también les otorga un espacio de convivencia, de intercambio de ideas, de historias de vida, de comprensión y apoyo unas con otras.

Es fácil sentirse una de ellas, rápidamente lo acogen a uno, es sólo cuestión de minutos. Estar con Las Maestras es como estar con la abuela, cobijado, protegido. La conversación sale de manera casi natural, a Las Maestras les gusta ser escuchadas, tienen tanto por contar, son ellas quienes dirigen en todo momento la conversación, platican a detalle cómo fue que sus madres o abuelas les enseñaron a tejer, comparten con orgullo cómo el oficio les dio de comer a sus hijos y a algunos hasta estudios universitarios. Se lamentan de no tener ya trabajo, de tener que dar a bajo costo los gorritos, los zapatitos, las chambritas que les toma días confeccionar, pues ya nadie les compra. A causa de este desolador panorama económico sus hijos y nietos han perdido el interés de aprender las técnicas textiles que ellas conocen de manera ejemplar. Aún a pesar de ello todos los días, religiosamente acuden con la esperanza de compartir sus conocimientos y de llevarse algunos pesos a sus hogares.

“Las personas vienen a dejar el estrés, las ayudamos en una especie de terapia. Yo no me quejo de nada, porque hay maestras que también son muy corajudas. Aquí estamos para darle el servicio a quien llegue, sean viejitos o jóvenes, la gente tiene que desocupar su mente de otras cosas, para mí todas las señoras que vienen son unas bellezas de mujeres”, así lo dice la Maestra Rita.

LOS TEJEDORES DEL BARRIO DE SAN ANDRÉS

Entre historia y cultura, San Andrés es uno de los barrios más tradicionales de la ciudad de Guadalajara. Sus habitantes se enorgullecen de conservar ese espíritu de pueblo al pasar de los años, con una tradición fuertemente católica la mayoría de sus habitantes acuden habitualmente a la parroquia del santo patrono que le da el nombre al barrio. La plaza sigue siendo el punto de reunión de las familias, el calendario de celebraciones religiosas continúan siendo las más importantes fiestas del barrio, los vecinos se conocen, saben quienes fueron sus padres y quiénes son sus hijos, conocen sus historias y promueven los lazos vecinales.

La historia del taller de Tapetes Romo ha corrido paralelamente a la misma historia del barrio, Tomás Romo Rangel fundó el taller en el año de 1936 sobre la calle Chamizal, en la actualidad el taller se encuentra en la calle de Agustín Bancalari bajo la dirección del Maestro Pedro Romo. El taller de Tapetes Romo ha fungido como detonante del oficio textil, creando comunidad entre los tejedores del barrio, a través de los años el taller no sólo ha fortalecido la tradición de los telares, los tapices, los gobelinos, y la historia que los acompaña, sino que ha brindado fuentes de empleo para los vecinos del barrio. Cualquier persona interesada en la historia y tradición de los telares puede acercarse al taller, conocer su historia y comprar alguno de los bellísimos textiles que ahí se fabrican.

El taller de Tapetes Romo continúa fabricando textiles en telares de pedal de la manera tradicional, con cuidado preciosista y elaborados con los mejores materiales, Pedro Romo defiende cuidadosamente los procesos tradicionales que le fueron heredados por su padre, sin embargo, el taller se encuentra siempre abierto a desarrollar cualquier propuesta creativa. Sobre la misma calle de Agustín Bancalari encuentra uno a Tiburcio Romo, quien desde muy joven desarrolló el oficio textil, rebozos, sarapes y tapetes, todos tejidos en telar de pedal, recuerda cómo su padre le heredó el cuidado por el más mínimo detalle. Del mismo linaje de los Romo, Luz del Carmen Romo continúa la historia textil de su familia, el bordado es su herramienta, ella realiza trabajos sobre pedido, en ocasiones fusiona sus técnicas con las de su padre Pedro Romo.

Sobre la emblemática calle Chamizal, del barrio de San Andrés, se encuentran las tejedoras Abundis, vecinas del barrio desde siempre, ellas se resisten a cambiar de domicilio. Magdalena y Cecilia Abundis tejen desde que nacieron según dicen. Magdalena es una mujer de más de 92 años, activa en el oficio textil, teje chambritas, zapatitos, cobijas; no necesita anteojos. Con pesar cuenta que hay días en los que no vende nada: “las mujeres de hoy traen a los niños encuerados, en puro pañelero”, platica Magdalena.

Pese a la poca venta, las puertas de su domicilio sobre la calle de Chamizal permanecen siempre abiertas, sobre una mesa se encuentran todas las prendas que ella confecciona detalladamente. Pero tal parece que para Magdalena Abundis, el oficio textil va más allá de una actividad económica, tejer la mantiene activa, con el pensamiento ocupado y las manos ágiles.

LOS SASTRES DE SANTA TERE

“El centro chiquito” le llaman al barrio de Santa Teresita, uno recurre a este barrio mejor conocido como Santa Tere con la seguridad de que lo que uno busque ahí lo va a encontrar. Con una tradición comercial casi desde su fundación en los años 30’s, el barrio también es reconocido por la variedad de servicios que ofrece: zapateros, cerrajeros, boleros, sastres, éste ultimo oficio es posiblemente el más antiguo del barrio, aunado a la gran cantidad de mercerías y tiendas de telas, lo que permite un flujo constante para proveedores, comerciantes y productores del el oficio textil.

Don Gustavo López ha ejercido por más de 35 años el oficio de la sastrería, ubicado desde hace 25 años sobre la calle Hospital esquina con Pedro Buzeta; dice haber heredado no sólo las máquinas y el conocimiento de su abuelo y padre, quienes fueron sastres también, sino el amor por el oficio. “Me gusta porque sé hacerlo”, afirma Don Gustavo. La Sastrería le ha permito mandar a sus dos hijos a la universidad, eso sí, dice: “trabajo de sol a sol”. Él aprendió cuando en la sastrería se hacía todo a mano, en ese entonces, relata que casi no había máquinas, o era muy caro traerlas de Estados Unidos. Hoy en día se ayuda con una overlock y una semi industrial, ve uno a simple vista dentro de la sastrería.

Don Gustavo dice conocer a los pocos sastres que quedan en la barrio, sólo es necesario caminar un par de cuadras para toparse con la Sastrería Bricio o con Doña Laura sobre la calle de Manuel M. Diéguez y Manuel Acuña, quien además de la sastrería es una excelente bordadora, el punto de cruz su especialidad.

Sobre Juan Álvarez, justo frente al mercado, las mercerías ofrecen clases de tejido y bordado 3 veces a la semana, estas sesiones que reúnen público de todas las edades han permitido la formación de una comunidad tejedora que permanece en constante crecimiento. Bufandas, calcetines, muñecos tejidos son algunas de las prendas que a cambio de 30 pesos se enseñan a confeccionar.

Recorrer el barrio de Santa Teresita es una experiencia multisensorial, ir en busca de las personas que continúen desarrollando hoy en día algún oficio textil para conocer sus historias le permite a uno como caminante conocer la propia historia del barrio a través de sus construcciones, sus esquinas ochavadas, sus pisos mosaicados y su relación con el paso del tiempo.

La vida comercial del barrio ha afectado el espacio público, o la falta de éste, la inseguridad, la falta de áreas verdes o de convivencia vecinal son algunos de los problemas que padecen los habitantes del barrio, aun así, quienes ahí viven, siguen defendiendo su espacio, ejercen todos los días una acción de defensa y resistencia, su persona, su familia, sus historias y sus relaciones con los otros vecinos dan forma a la identidad del barrio, ahí nacieron, ahí han vivido y en el barrio quieren morir, dice Don Gustavo López.

CECILIA@MAPASSONOROS.COM